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Matronas y sus experiencias

Por   /  23 Enero, 2017  /  No hay Comentarios

parto-vaginal-cesarea-gemelos-mellizosAutora: María del Pilar Pérez Romero

En este relato basado en  mi propia experiencia quiero dejar constancia de como los cuidados del profesional de enfermería (matrona) influye en los resultados vividos. Cuento en este relato como mis dos partos fueron tan distintos y como  gracias a sus cuidados y respeto  pude vivir una experiencia tan maravillosa.

Hace siete años  que quiero contar mi historia. Voy a aprovechar la oportunidad que el Colegio de enfermería de Cádiz con su revista online me ofrece para contar mi experiencia personal. Tengo 41años y fui madre por primera  vez a los treinta. Había estudiado Enfermería y era feliz por ello, pero siempre había querido ser Matrona. Cuando me quedé embarazada de mi primera hija, María, estaba intentando acceder a la especialidad de Matrona. Llevaba años intentándolo pero no lo conseguía.

No había presenciado  muchos partos durante la carrera de Enfermería y no me había planteado nunca si parir en una posición u otra, ni siquiera conocía que alternativas había. Lo único que tenía claro es que quería parir sin epidural y experimentar el dolor de traer un hijo a la vida.

Rompí la bolsa de las aguas justo el día que hacía la semana 40. Eran las 6 de la tarde y enseguida empezaron las contracciones. El líquido era claro y escaso, así que esperé que mi marido saliera de trabajar a las diez de la noche, pues, no quería ponerlo más nervioso de lo que ya estaba. Llegamos al hospital  sobre las once  de la noche y me recibió una matrona que no me dijo ni cómo se llamaba. Sólo dijo “tienes tres centímetros  y  si quieres te puedes poner la epidural”. Yo le dije que había pensado no ponérmela. Me pasó a una de las salas de dilatación y me monitorizó. En la cama estuve durante horas, sin quitarme el monitor en ningún momento y me reñía cuando me retorcía de dolor y el latido de mi hija se perdía. No me ofreció levantarme de la maldita cama en ningún momento ni para ir al baño. Solo  entraba para ver el RCTG y para explorarme.  

A las  cinco de la madrugada el dolor me tenía agotada, no soportaba más. Yo le preguntaba si me quedaba mucho y ella solo contestaba, eso sí, amablemente, que iba muy lentamente y que aún me quedaba mucho. No me decía de cuantos centímetros estaba, ni cómo era la situación. Ella me aconsejaba ponerme la epidural. Y finalmente la solicité, lloraba, no por el dolor, sino porque no era lo que yo había deseado. Se avisó al anestesista y sobre las 6 ya tenía la epidural puesta. A las 7 nació mi hija, tan solo una hora después de haberme puesto la epidural. Tuve un parto eutócico y una pequeña episiotomía. Estaba feliz como nunca me había sentido, pero en lo más adentro de mi alma una sensación de tristeza  existía.

Dicen que todos los niños vienen con un pan debajo del brazo. Y es cierto, pues cuando nació mi primera hija, aprobé el examen para hacer la especialidad de Matrona. Increíble, pero había conseguido en ese año, los dos grandes  sueños que tenía en la vida: ser madre y ser matrona.

Tres años y medio después, me encontré de nuevo ante la situación de volver a ser madre. Pero esta vez tenía que ser distinto, o por lo menos así lo deseaba con todas mis fuerzas.

Eran las cinco de la madrugada  del  4 de agosto  de 2008, y las contracciones me despertaron. Me di una ducha calentita e intenté volver a dormirme. No podía, el dolor no me dejaba. Sabía que estaba de parto.

Aguanté hasta las 9 de la mañana y me fui al hospital. Allí me recibió una matrona que conocí, trabajando años anteriores en el paritorio. Ella me dijo: “Vienes de parto, así que ya sabes, tú mandas”.

Me fui a una de las dilataciones y allí me quedé con mi marido. Ella entraba, me escuchaba el latido de mi niña durante unos minutos, y se iba. Permanecí andando por la habitación,  moviéndome como quería y  retorciéndome de dolor, claro, pero con libertad de movimiento. Me agarraba a mi marido, me tiraba al suelo, iba al baño…. Todo lo que mi cuerpo me pedía. Además de ella entró otra matrona, de gran experiencia, y lo más importante, de una gran humanidad. Todo el personal de Enfermería que ese día estaba allí de turno, me respetó y dejó que viviera mi parto como yo había escogido. A las doce y media rompí la bolsa espontáneamente y enseguida sentí ganas de empujar. La matrona me exploró, y me dijo: “Ya está aquí”. Entró  el celador para llevarme al paritorio, y le dije: “Voy andando Antonio”, y él solo me acompañó, permaneció a mi lado hasta entrar en el paritorio. Cuando entré al paritorio, no podía subirme a la cama de partos. Ella me dijo:  “¿qué quieres”?, y yo le dije: “No sé, pero no puedo subirme ahí arriba”. Ella dijo: “¡Empuja!”. Solo hice dos pujos, y nació Pilar. Parí de pie, dice mi hermana “como una vaca”, pero no os podéis imaginar cuanta felicidad y qué paz interior experimenté. No solo había estado dilatando sin epidural y con libertad, sino que había tenido un parto inimaginable. La auxiliar, la  matrona,  mi marido y yo, lloramos y reímos, todo fue tan alucinante y maravilloso que casi no lo podía creer.

Cada vez que veo las fotos que hicimos, recuerdo esos grandes  momentos y me emociono. Lo que tengo clarísimo es  que  gracias a sus cuidados y a su respeto pude vivir la experiencia más maravillosa que jamás había tenido y el parto más precioso que jamás hubiese imaginado  tener. Solo puedo decir: Gracias compañera y amiga.

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