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50 aniversario de la participación de la Sanidad Militar española en Vietnam

Por   /  7 marzo, 2016  /  No hay Comentarios

ASISTENCIA

Una docena de sanitarios fueron enviados a Vietnam del Sur en ayuda humanitaria.

Voluntarios para una Misión muy exigente, para un personal sanitario militar que, como reconoce el teniente Velázquez, “no había recibido una preparación especial”. El ahora general retirado recuerda perfectamente cómo a los 26 años emprendió la aventura de su vida: Madrid-Roma-Karachi-Bangkok-Saigón. “Ésa fue la ruta aérea que seguimos, por supuesto, vestidos de paisano. Íbamos como delincuentes y regresábamos como delincuentes. Como si aquello no se tuviese que conocer”, se lamentaba el general.

Fue una misión tan secreta que los militares desplegados, extrañados de que de su trabajo no se hablase casi nunca, llegaron a enviar una nota al diario ABC que apareció publicada la Nochevieja de 1966: Llevaba por título: “Españoles en Gò-Công”, y en el texto se omitía que eran militares. Parte de la nota decía así: “La faena es dura, y los enfermos y heridos muchos, los medios no son muy abundantes. ¡Vietnam está en guerra, Señor! […] En Gò Công, un pequeño pueblo de Vietnam del Sur, es donde están estos doce españoles haciendo algún bien».

La expedición salió de Madrid y, tras varias escalas, llegaron al aeropuerto de Saigón de Tan Son Nut el 8 de septiembre. El Director del Gabinete del Ministro de Sanidad vietnamita, el doctor Nguyen Tan Loc, los recibió y les dio las gracias por venir a ayudar al pueblo de Vietnam. Fueron alojados en el Hotel Península y durante la primera noche, mientras veían una película en la azotea, la proyección quedó interrumpida por explosiones próximas y ruidos de helicópteros. Aquello les recordó que estaban en un país en guerra.

En un principio recibieron unos cursos y el equipo correspondiente (uniforme americano, chaleco antibalas, fusil M-16 y pistola). El 12 de septiembre, los sanitarios españoles fueron trasladados a la ciudad de Go-Cong, capital de la provincia del mismo nombre, a unos 50 km de Saigón.

Lo que en la ciudad denominaban Hospital Provincial, no era más que un viejo edificio de color amarillo, rodeado por dos pabellones de planta baja donde se amontonaban unas 150 camas. Más alejado había otro para la cirugía, todo ello sin luz eléctrica, ni agua corriente.

Para alojar a los españoles se habían destinado dos edificios. Los oficiales tomaron posesión de una antigua construcción de la época colonial con amplias salas y altos techos de los que colgaban unas grandes palas que removían constantemente un aire cargado de humedad. Los suboficiales se alojaron en un barracón adjunto no tan espacioso, pero que tenía la ventaja de estar provisto de aire acondicionado. La energía para ambos edificios la proporcionaba un ruidoso grupo electrógeno.

A poca distancia, se encontraba el edificio fortificado del Estado Mayor Conjunto vietnamita, lo que suponía unos vecinos bastante incómodos y peligrosos, pues el Vietcong solía dispararle con morteros de vez en cuando. Al desencadenarse la Ofensiva del Tet, esta cercanía pudo tener graves consecuencias para nuestros soldados.

TRABAJO INTENSO

Nada más llegar, los sanitarios españoles sabían que no venían de vacaciones y que con la escasez de recursos humanos que tenían y la enorme carga de trabajo a la que se enfrentaban, pronto se verían desbordados ante la enorme demanda.

El trabajo era intenso y difícil, y requería una completa dedicación. Solo les reconfortaba que su pequeña aportación, mitigaría un tanto el sufrimiento y la miseria cotidiana de la población civil, azotada por la guerra.

La jornada comenzaba muy temprano, a las 6,30 de la mañana. Una vez desayunado, se dirigían hacia el “hospital”, que distaba unos dos kilómetros. La larga cola de civiles vietnamitas esperaba pacientemente que llegaran los sanitarios españoles, unos para pasar consultas y otros para visitar a sus familiares ingresados. Además del horario de trabajo, de 8 de la mañana hasta las 6 de la tarde, todos los miembros se turnaban, junto al personal vietnamita, para realizar las guardias correspondientes en el propio hospital.

TRABAJO INTENSO

Diariamente, una larga cola de civiles vietnamitas hacían cola para ser atendidos por los sanitarios españoles.

Juan Outón.

Juan Outón.

Se formaron equipos, y al frente del Servicio de Cirugía se hallaba José Linares, ayudado por Ramón Gutiérrez Terán y Juan Outón Barahona. Durante los dos primeros meses, tres médicos civiles americanos se turnaron con los españoles.

Gutiérrez Terán, hablaba con admiración de la gran profesionalidad de estos americanos y lo mucho que aprendió de ellos. Podemos imaginar todo lo que pudieron atender en el quirófano, sabiendo el medio que trataban. Heridos de metralla, mutilados por explosiones, muchos por minas enterradas en los caminos y los propios campos de arrozales. Accidentes de tráfico de todo tipo de vehículos que transitaban por carreteras destrozadas. Igualmente fueron muchos los niños vietnamitas que vieron la primera luz en manos de los profesionales españoles.

El Capitán Médico, especialista en medicina general, comentaba como se veían desbordados por el trabajo y contaba como las camas eran compartidas por al menos dos personas. El Servicio de Pediatría tenía dos salitas, que siempre estaban a rebosar de madres y niños, con unas veinte camas en total, pero con un número de ingresados mucho mayor. Cada cama era ocupaba por tres o cuatro niños. En esa área de pediatría los niños se morían como moscas, relataba el Teniente Velázquez.

Las enfermedades tratadas más frecuentes eran paludismo, disentería, tuberculosis, parasitosis intestinales, hepatitis y dermatitis, amén de las múltiples heridas por metralla que los pequeños sufrían por los efectos lógicos de la guerra.

Una de las asistencias más “incómodas”, era el curar a los prisioneros del Vietcong, que solía traer el ejército sudvietnamita para que fueran tratados, antes de ser interrogados. Gutiérrez Terán recuerda a un guerrillero gravemente herido con una fractura y gangrena muy avanzada. El médico civil americano lo dio por desahuciado, pero el subteniente practicante se empeñó en atiborrarle de antibióticos y, tras serle amputada la pierna, sobrevivió. Cosas de la guerra. El prisionero fue devuelto al campo de prisioneros y al parecer fue convencido para la causa gubernamental. Gutiérrez Terán, algún tiempo después, se lo encontró en Saigón de nuevo y le mostró expresivamente su gratitud.

Aunque GO-CONG se encontraba muy cerca de las magníficas playas de Vung Tan, aquello era un sueño imposible, ya que estaba prohibido acercarse a la zona, así que cuando no estaban trabajando, los españoles escribían a sus familias, leían o jugaban al billar. Había que matar el tiempo del poco ocio que tenían para poder sobrellevar las duras condiciones que soportaban.

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